Nacionales
 
PALABRAS DE AGRADECIMIENTO
(P. Galo Robalino E., Vicario General - Diócesis de Santo Domingo en Ecuador)
 
No siempre resulta fácil resumir en breves palabras toda una vida de entrega a Dios y de servicio a la Iglesia, más bien parecería ser una osada intención, que aumenta en su agravante, cuando se pretende hacerlo sin ni siquiera haberlo conocido personalmente. Con seguridad la gran mayoría de los aquí presentes, pudieran llenarnos de inolvidables anécdotas y de anecdóticos momentos que emocionarían nuestros corazones e ilusionarían nuestras mentes. Sin embargo, no es menos cierto que la vida de Mons. Emilio trascendió de tal manera, que aún quienes no estuvimos junto a él, tenemos la impresión de haberlo estado, pues innumerables lugares de nuestra tierra e incontables relatos de nuestra gente, se han encargado de narrarnos, entre voces y silencios, la maravillosa historia de un hombre que aunque provino de un pequeño poblado de Alemania, tuvo un talante universal.
 
Universal no sólo porque supo hacer del mundo su casa, yendo y viniendo, de un lugar a otro como si todo quedase cerca, haciendo de la geografía mundial el territorio que él transitó sin fronteras, sino y sobre todo, porque en su corazón todo y todos tuvieron cabida. Efectivamente, todo. Todo lo que probablemente le correspondería hacer como Pastor de una grey que apenas se formaba, esto es, templos y casas parroquiales, capillas y santuarios, hogares para niños, niñas, adolescentes y ancianos maltratados o simplemente olvidados, así como también más allá de eso, otras tantas obras tan distintas y variadas, que sólo en un corazón universal podrían caber, por nombrar algunas de las más significativas: la edificación de una residencia para señoritas que venían del campo a estudiar en la ciudad o el adoquinado de la Av. Santa Rosa o la adecuación de parques y jardines o la construcción de canchas deportivas, de unidades educativas, de universidades, y por supuesto de puentes y más puentes. ¿Dónde cabía tanto? Pues en un corazón universal.
 
Y en ese corazón universal también cupieron todos, sin distinción. Así lo cuentan quienes acompañaron los procesos de liberación de secuestrados que alcanzaron su libertad a causa de sus intensas negociaciones o los que atestiguaron las preocupaciones y los arduos trabajos por la paz en países de Centroamérica, que le significaron luego una nominación al premio nobel de la paz. Lo cuentan las damas de grupos solidarios, las autoridades de aquel tiempo, los personajes notables o las familias más antiguas de esta tierra, que, en sus casas o en la curia, con naturalidad se sentaban con él a compartir una taza de café o un almuerzo, sintiendo a su lado la cercanía propia de los amigos. Lo cuenta también nuestra gente más humilde, aquellos a quienes escuchaba y atendía con singular cuidado pastoral, con ellos se encontraba como si fuera un cura párroco, uno más entre muchos, compartiendo las cosas sencillas de la vida, en los polvorientos barrios de aquel entonces. Lo cuentan los hermanos Tsáchilas a quienes quiso con enorme distinción y por quienes trabajó de manera incansable. Así fue él, sencillo y cercano, no necesitaba protocolos ni complejos oficios de avanzada, su figura delgada y sonriente siempre, estaba sin complicaciones, lleno de fraternidad y de cariño, donde su corazón le movía estar o donde lo necesitaban. Su corazón universal le impedía guardarse para unos pocos, estrecharse a un solo grupo o blindarse para evitar el contacto con la gente, todo lo contrario estaba para todos y a su alcance, porque en su corazón todos cabían.
 
Tampoco hizo distinción con sus hermanos Obispos. Tuve la oportunidad de escuchar en una ocasión de labios de Mons. José Mario Ruiz, Arzobispo emérito de Portoviejo, aquí presente, esta frase: “Todas las Diócesis le debemos mucho a Mons. Emilio”. Definitivamente en el corazón de nuestro primer Obispo, todos cabían y todos recibían algo de él, de su gestión o de su tiempo, de su visión o del testimonio de su vida. 
 
Hace quince años después de su última larga caminata por una carretera de nuestra amada Diócesis, regresó a su tierra natal. Hace diez, después de un derrame cerebral, quedó sin habla, e incomunicado pasó hasta que Dios lo llamó a su presencia. Pero en todos esos años ¿acaso le hicieron falta las palabras para hablarnos? ¿Para susurrarnos al corazón, desde la inevitable distancia, las verdades más hermosas del Dios que nos ama? o ¿Para gritarnos con elocuente ternura, desde su incontenible silencio, de lo que somos capaces de ser y hacer cuando con intensa dedicación buscamos el bien, la verdad, la libertad y la paz? No le hicieron falta las palabras, mucho menos ahora, que está con Dios, y en Él, sigue compartiendo con todos, todas nuestras luchas. 
 
Como Vicario General de esta Diócesis de Santo Domingo en Ecuador, a nombre de nuestro Obispo, Mons. Bertram Viktor Wick Enzler, quien se encuentra en Alemania haciéndonos presentes en las honras fúnebres de nuestro querido Obispo, Mons. Emilio, y a nombre de todo el clero de nuestra Diócesis, les extiendo a todos los aquí presentes nuestro más sincero agradecimiento por participar de esta eucaristía.
 
Agradecer con especial atención a los Señores Obispos: A Mons. Lorenzo Voltolini, Arzobispo de Portoviejo, quien ha tenido la gentileza de presidir esta eucaristía, a Mons. Eugenio Arellano, Obispo del Vicariato Apostólico de Esmeraldas y Presidente de la CCE, a Mons. René Coba, Obispo Castrense y Secretario de la CEE, a Mons. José Mario Ruiz, Arzobispo emérito de Portoviejo, a Mons. Raúl López, Obispo emérito de Latacunga, a Mons. Víctor Corral, Obispo emérito de Riobamba, a Mons. Jesús Esteban Sábada, Obispo del Vicariato Apostólico de Aguarico, a Mons. Geovanny Paz, Obispo de Latacunga, a Mons. Eduardo Castillo, Obispo auxiliar de Portoviejo, a los Reverendos Padres Marcelo García y Manuel Rodicio, Vicarios de la Arquidiócesis de Portoviejo, al Rvdo. Padre Mauro Cueva, Secretario adjunto de la CEE, al Rvdo. P. Enrique Monserrate representante de la Diócesis de Riobamba y a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas presentes.
 
Agradecer también a las autoridades que han querido celebrar con nosotros esta eucaristía: Al Señor Gobernador Líder Olaya, al Señor Alcalde Víctor Manuel Quirola, a las y los concejales del cantón; al Sr. Xavier Aguavil, Gobernador Tsáchila y a todos los hermanos Tsáchilas que de las distintas comunas se han hecho presentes, al Dr. Juan Carlos Nevárez, Gerente de la Empresa Pública Municipal Registro de la Propiedad del cantón Santo Domingo, al Crnel. Pablo Santos, Director Administrativo del GAD Municipal, al Lcdo. Gonzalo Yépez, Director de Comunicación del GAD Municipal, a los miembros del Comité Cívico por la puntualidad “Hora Stehle”, a los miembros del Comité “Homenaje a un gran hombre”, a los miembros del Comité Pro Catedral, a la Lcda. Mery Verduga, al Dr. Fernando Espín, a la Sra. Egda Palma y a todos los invitados especiales.
 
En fin, agradecer con mucho cariño, a todos uds., aquí presentes que llenos de recuerdos y de gratitud, han venido, movidos por el amor, a agradecerle a Dios por la vida de Mons. Emilio Lorenzo Stehle, Obispo emérito de nuestra Diócesis, a quien debemos tanto y cuyo legado llevamos como un sello grabado en nuestro corazón. A todos, de todo corazón, gracias por estar aquí.

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