Cardenales

 

Carlos Guillermo (Bernardino) Echeverría Ruiz nació en Cotacachi, provincia de Imbabura, el 12 de noviembre de 1912, hijo del Sr. Carlos Echeverría Solórzano y de la Sra. Carmen Ruiz Solórzano, quienes lo bautizaron con el nombre de Carlos Guillermo.

 

Sus primeros estudios los realizó en su lugar natal, y en 1924, siguiendo el llamado de su vocación religiosa, viajó a Quito para ingresar el Colegio Franciscano donde, luego de vestir hábitos bajo la orientación de Fray Francisco Alberdi, el 4 de julio de 1937 recibió la ordenación sacerdotal de manos del Arzobispo de Quito, Mons. Carlos María de la Torre, adoptando entonces el nombre de Bernardino por la admiración que guardaba por el santo franciscano. Viajó entonces a Roma para ingresar al Pontificio Ateneo Antoniano donde el 20 de mayo de 1939 obtuvo el doctorado en Filosofía, presentando para el caso la tesis sobre “El Problema del Alma Humana en la Edad Media”.
 
Debido a la Segunda Guerra mundial debió dejar Europa y volvió a Quito para iniciar una admirable labor pastoral, educativa y de orientación espiritual, que lo llevaría a alcanzar –sin proponérselo- las más altas cimas dentro de la Iglesia Católica Ecuatoriana.
 
En 1947 fue designado Prefecto de Estudios, Secretario y Procurador de la Provincia Franciscana del Ecuador; y dos años más tarde los miembros de la comunidad franciscana lo eligieron Ministro Provincial de la Orden. Por esa época su figura se había convertido en símbolo de cristiana vocación humanitaria por lo que al ocurrir el terremoto del 5 de agosto de 1949, el gobierno del Sr. Galo Plaza le encomendó la misión de trabajar para la reconstrucción de la ciudad y la asistencia de los damnificados. Por esa época y no habiendo Obispo en la Diócesis de Ambato, su santidad el Papa Pío XII lo designó para dicha dignidad, habiendo sido consagrado el 4 de diciembre en la Catedral de Quito por el Nuncio Efrén Forni. Seis días después asumió su cargo y la Presidencia de la Junta de Reconstrucción del Tungurahua.
 
Inició entonces la construcción de la nueva Catedral de Ambato, ya que la anterior había sido destruida por el sismo; se empeñó en buscar ayuda para paliar las necesidades de los damnificados y resolvió importantes problemas sanitarios y de asistencia médica. Para 1956, gracias a su gestión Ambato y la provincia del Tungurahua contaban ya con varios centros de salud y de maternidad que contaban con donativos obtenidos del Episcopado Alemán, un Seminario Regular y uno de Misiones.
 
En 1969 fue preconizado Arzobispo de Guayaquil. Debió entonces dejar Ambato donde el pueblo lo despidió con muestras de verdadero afecto y gratitud. Su llegada a Guayaquil, el 10 de abril de ese mismo año, fue recibida con muestras de entusiasmo especialmente por parte de las clases sociales marginadas que veían en él a un pastor dispuesto a trabajar a favor de redención espiritual, moral, e inclusive económica.
 
Durante los veinte años que duró su permanencia en Guayaquil, Bernardino –como lo llamaban todos-  se convirtió en la imagen viva de la Iglesia Católica, llevando el mensaje de Cristo a todos los hogares sin distingos de clase social, política o económica.
 
Bernardino “...logró ejecutar obras educativas como la construcción de escuelas y colegios en sectores marginales. También, con apoyo del gobierno alemán, levantó el colegio que lleva su nombre y pudo terminar la construcción de los seminarios mayor y Menor, destinados a la formación de futuros sacerdotes... Se construyeron cien iglesias en las poblaciones rurales; en la Arquidiócesis aumentaron de 61 a 189 las iglesias parroquiales... Se edificó la Casa de Nazaret para los retiros espirituales, la Casa del Clero, la Casa de promoción Humana, donde funcionan más de 20 oficinas de la Curia de Guayaquil; el complejo de obras sociales en el Guasmo, el complejo del Hombre Doliente... Fundó el movimiento de los Carteros de María, que evangelizaban en cada hogar, y como Presidente de la Conferencia Episcopal gestionó la venida del Papa Juan Pablo II en 1985” (El Universo, Ab. 6/2000).
 
A mediados de 1989 Juan Pablo II lo designó Administrador de la Diócesis de Ibarra: debió entonces abandonar Guayaquil y se trasladó entonces a la “Ciudad Blanca” donde –a pesar de su avanzada edad- continuó imitando al “Poverello de Asís”, llevando –como siempre acostumbró- su mensaje de amor a todos los rincones donde podía llegar con su voz redentora. En 1994 Juan Pablo II lo designó Cardenal del Ecuador: En esa ocasión Su Santidad se expresó en los siguientes términos: “He nombrado Cardenal a Bernardino amigo, mi amigo, por ser un misionero franciscano humilde y trabajador”.
 
Bernardino fue también escritor y poeta, y entre sus publicaciones se encuentran obras como “Los Franciscanos en la Región Amazónica”, en la que relata los esfuerzos y sacrificios realizados durante el siglo XIX para evangelizar esas zonas; “Devocionario de los Terciarios Franciscanos del Ecuador”, el anuario “La Iglesia en el Ecuador”, el poemario “El Heraldo del Rey”, y “Memorias de las Fiestas Antonianas”, entre otras.
 
Fue Presidente de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, Director de la Academia Nacional Mariana, adscrita a la internacional con sede en Ciudad del Vaticano; Miembro de Número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua y Correspondiente de la Real Española.
 
“Papas y Cardenales se gloriaban de su amistad, colegas del episcopado requerían sus consejos, todos le admiraban y le amaban porque era sencillo, bondadoso y humilde; siempre risueño, incapaz de guardar rencores, la plegaria en los labios, hizo del servicio a los demás un deber cotidiano y vivió y murió en olor de poesía, rezando y cantando madrigales a la Madre de Dios, en cuyo honor realizó varios congresos marianos...“ (Dr. Jorge Salvador Lara.- El Comercio, Ab. 10/2000).
 
En efecto, el jueves 6 de abril de 2000, rodeado de sus familiares, amigos, miembros de su congregación y altas dignidades de la Iglesia Católica Ecuatoriana; próximo a cumplir los 88 años de edad, Bernardino Echeverría Ruiz, Tercer Cardenal del Ecuador, entregó su alma al Creador.
 
Fuente: 
Autor: Efrén Avilés Pino
Miembro de la Academia Nacional de Historia del Ecuador
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